por Le petit Maçon
"Paciente que acude por iniciativa propia y acompañada por su padre y el dueño del local donde ha pasado la noche (Pub "El Hedor"), que dice ser su amigo, solicitando ingreso por la pérdida de control en el consumo de alcohol, alucinaciones y sintomatología depresiva."
La Flaca nunca dejó de creer en Dios, pero de un tiempo a esta parte sentía unas ganas irrefrenables de encontrárselo en cualquier Iglesia para ahogarlo en la pila bautismal e introducirle un crucifijo por vía rectal. Observando las fotos de su Primera Comunión llegó a la expeditiva conclusión de que el candor que destilaba en ellas sólo podría ser obra de un ególatra manipulador de almas con tendencias pederastas. Por eso las despedazó una a una, con la rabia del vengador, en actitud similar a la de la víctima que depone su testimonio frente al acusado en el acto de una vista penal.
La creencia de la Flaca en la existencia de Dios era de raigambre onírica, más que educacional. Sus fecundas experiencias en estados de duermevela la llevaron a predecir (o al menos esa sensación anidaba en su fuero interno) el adulterio de su madre, la relación incestuosa de su amiga Marta y hasta un lunar en su cuello.
Dios también se presentó aprovechando la vulnerabilidad de su conciencia. Lo reconoció porque adoptó su propia fisionomía como signo de autenticidad. "Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creo." (Genesis 1.27). La Providencia quiso dejar claro que no se trataba de un fraude. Una exhaustiva comprobación visual de la intangible concordancia consigo misma sirvió para comprimir hacia la nada el espacio que podría haber concedido a la especulación sobre la realidad de la representación, una vez recuperada la plenitud de sus facultades intelectivas. Así que La Flaca contempló a Dios, adaptado a su imagen y semejanza (y no a la inversa: su complejo de insecto le llevaba a objetar la cínica condescendencia de la narración bíblica). Él, extendido en su propia cama, ella, suspendida en el aire con somnoliento pavor astral. Se miraron. Se reconocieron. Ella sintió pánico y Él se burló de la insignificancia de su reacción con una sonrisa universal. La Flaca pretendió responder a la vejación infligida pateándole la cara, lo que provocó la carcajada del presunto vilipendiado. A la mañana siguiente se despertó con abundantes magulladuras en el rostro, pero ninguna señal de violencia en sus puños.
"Alergia a penicilina y derivados. Fumadora de un paquete de cigarrillos y bebedora de tres cervezas al día. Abstinente de otros tóxicos. Diagnosticada de rasgos de personalidad Cluster B. En tratamiento habitual con Cipralex 20 mg cada 24 horas y Rivotril 0,5 mg al acostarse."
El verano en que La Flaca disfrutó de la experiencia del amor como nunca antes lo había hecho coincidió con una ola de calor tan brutal que en un mes fallecieron treinta y dos ancianos, lo que constituía el tres por ciento de los habitantes de su pueblo natal, un depósito de patologías arquitectónicas y anímicas donde lo único que pasaba en época no estival era el ferrocarril.
Aquel sujeto de pensamiento frágil y alambicado, formas víricas, nariz delgada y personalidad retraída sólo tuvo que pronunciar una frase para que la enjuta verborrea de La Flaca quedase a merced de la atrofia filosófica de su interlocutor. Descubriría más tarde, gracias a la devota fascinación por Alain Delon, la ausencia de originalidad en sus palabras. "El mundo gira muy deprisa, demasiado para los solitarios": así respondió el ocasional y leptosomático seductor (y el comisario de Borsalino & Co al actor mentado) a la mirada circular de La Flaca en una disco donde la música se componía de notas impregnadas en lejía. Por eso sintió una fuerte quemazón en el esófago cuando se bebió por entero la intoxicada canción de Cohen colocada en el lapsus emocional de tiempo preciso, el que le condujo a "una danza hasta el final del amor". No hizo falta mucho más para que su ano permitiese el acceso al envalentonado miembro del elegido. El sexo se empeña en vulgarizar hasta la mezquindad el sentimiento más noble de los seres humanos, en su incontenible afán por sublimar la conjunción inmaterial de dos almas. Es otra de las jocosas proyecciones del Creador, según La Flaca. Y hasta consigue que sus adeptos le agradezcan la posibilidad de beber un poco de placer en el trayecto del desierto inmisericorde de la vida a la fría incertidumbre de la posteridad.
"La paciente comienza a presentar ideas delirantes, trastornos sensoperceptivos, ilusiones auditivas, recuerdos falseados. Piensa que le han quitado óvulos para que se utilicen por iglesias clandestinas, un clérigo ha vendido estos óvulos a Dios. Se siente influenciada telepáticamente, a través de la televisión. Cree que una presentadora es una niña que ella cuidó años atrás. Sin conciencia de enfermedad."
La Flaca comenzó a bucear en aquel océano de sentimientos sin reparar en el riesgo de agotar el oxígeno almacenado o sin la posibilidad de volver a la superficie para recuperar el que estaba derrochando, estados ambos que intuía que le conducirían al exitus letalis de su difuso anagrama de felicidad. Se preguntaba a menudo qué es lo que le hacía sentir tanta necesidad de él. Tal vez le intrigaba el inframundo que le describía en sus peroratas, creíble pero huidizo. Le daba la impresión de que en su ceguera veía cosas que los demás no podían ver, y que la amaba de verdad, aunque sabía que no era como ella, que él soñaba con fugarse a una isla recóndita del Pacífico con ella y empezar una nueva vida lejos de la polución de la contumaz condición humana. Ella se mofaba de él planteándole las dificultades para la supervivencia del amor entre una polilla (así se definía ella) y un ratón (así se definía él) en un entorno inhóspito. Y entonces fue cuando el roedor le contó que era seminarista del Opus Dei, que había decidido consagrar su cuerpo y alma a Dios y que aquello no debía continuar. Y que tampoco pensaba que ella se había enamorado de él. Dios no lo hubiera permitido. Sólo pretendió sembrar zozobra. Eso le dijo.
"Durante su permanencia en estos servicios la paciente se ha ido distanciando de sus ideas delirantes. Tranquila, adaptada y colaboradora. En el momento actual se encuentra consciente y orientada en las tres esferas. No presenta síntomas o signos de abstinencia de alcohol. Su discurso es coherente y bien estructurado. No presenta síntomas psicóticos. No ideas de muerte ni ideación auto-lítica. Verbaliza adecuados planes de futuro. Juicio de realidad conservado."
La Flaca intentó por todos los medios sobreponerse a la situación a través de un correo electrónico simple y sin ambages, aparentemente bien organizado, que les apartase a los dos del calvario de lo que ella consideraba un falaz dilema inventado por su peor enemigo, ese cobarde que necesitaba de profetas para expresarse:
"- Sobre mí: No sé si estoy enamorada de ti (odio esta expresión, parte de un prejuicio semántico). Tú lo negarás rotundamente (ya lo hiciste), no puedo cuestionar tu fe en Dios y tu desconfianza hacia mí. No sé de dónde partes. Lo único que te puedo decir es lo que ya sabes: me puede el impulso de conocerte en profundidad e investigarlo. El Catecismo o yo, bonito panorama.
- Sobre ti: Tú dices:
1. "Tengo dudas sobre lo que debo hacer"
2. "El Amor a Dios es lo más grande que lo que hay en el Universo, pero al fin y al cabo amar al prójimo es amar a Dios. Sin embargo, ya he dado el paso a una entrega incondicional a Dios. Sería traicionarle, a Él, a mí mismo."
- Consecuencias: Con lo primero, que sé que es así, puedo convivir, y hasta me viene bien que pase el tiempo mientras te aclaras, porque aprovecharía también para disipar mis dudas sobre ti, aunque yo soy más expeditiva en eso, y sinceramente, cada día me apetece más el abismo de sensaciones que inconscientemente me ofreces. ¿Es esto estar enamorada? Le pregunté a papá Freud. Pero el tío se enreda mucho. Aplicaré el álgebra a "el arte de amar" (querido Fromm: que te den por el culo), sin urdimbres conductuales ni emocionales, carreteras secundarias circulares.
Si lo segundo lo tienes claro, no nos molestemos más. No soy una caja de abrir y cerrar, a ver qué música suena, ni tú un depredador de sentimientos, aunque tal vez influya tu piel de papel, que envuelve mi escasa cordura. (Perdona por resultar cursi. Padre, ¿por qué tuviste que decirme que de pequeño te llamaban Espronceda y decírmelo para que yo me creyese la hija de Espronceda?)
- Futuro a corto plazo: No te presionaré más. Respóndeme y actuaré en consecuencia. Si la cosa sigue (aun en el barro de la vacilación), disfrutaremos de lo que vaya surgiendo y ya se aclararán las cosas. Será un ejercicio de pirotecnia metafísica. Si no, habremos disfrutado de lo que hubo, supongo.
Si tienes claro que el obstáculo es insalvable, te aconsejo fervientemente que vuelvas con Él, la seguridad de vuestra "obra" estará garantizada. Alguna experiencia tendrán en eso los albañiles esos que te ilustran, digo yo. Y que no se arruine nunca la construcción. Per secula seculorum. Amén.
- Desahogo: Permíteme un "me cago en Dios". Sé que lo está leyendo (le mando la epístola en copia oculta, no te enfades).
- Besos. Los últimos. O los primeros de una serie infinita. O de una serie incompleta. O yo que sé."
El seminarista, después del aventurado email, accedió a un último encuentro con La Flaca en una antigua fábrica de harinas, con la clara intención de explicarle su negativa al romance con ella. Pero La Flaca se adelantó al vano intento del joven aspirante a sacerdote por exponerle la consabida doctrina eclesiástica sobre las bondades de la castidad con una experta felación, que acabó con mordedura en glande y ensangrentado resultado. Se retorció él en su dolor genital, se regodeó ella en la impunidad de su acto. "Y el Rey les dirá: En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25,40). La intimidatoria pintada en la pared del escenario del crimen, con alusión a su apolillada autoestima incluida, que descubrió al verano siguiente, no alcanzó para ella la condición de escarnio. Tampoco puede afirmarse que la ejecución de su improvisado plan reparase su odio divino. Ni su tristeza infinita.
"Dada la ausencia de psicopatología que justifique un ingreso involuntario se decide el alta a petición de la paciente, de acuerdo con sus parientes, que vendrán a recogerla para ir al domicilio familiar."
por EL Salitre
Recalaba dos o tres veces al año, a lo sumo, en esa ciudad lluviosa que sólo me provocaba tristeza. Siempre con ocasión de algún concierto. Nunca había entrado en aquel bar. Demasiada luz, demasiados espejos en las paredes. Le pedí una canción al chico de aspecto cadavérico que ponía discos. Me dijo que sí, que lo haría de inmediato, que “mi amiga”, la que bailaba como si estuviese en trance, ya lo había intentado. Me acerqué, con escasa convicción, a la “amiga” de cuya existencia no había tenido noticia hasta entonces. Le hice partícipe de la coincidencia. Sorprendentemente, abrió sus ojos y abandonó esa danza que simulaba un cortejo narcótico para escucharme.
Horas después volvimos a escuchar la misma canción, esta vez solos, en el claroscuro de su habitación. Nos acariciamos sumergiéndonos en la excusa de que ambos nos veíamos abocados a ahogarnos dentro de relaciones ya muertas. Por esta vez probablemente no mentimos. Cuando huimos de la cama, empapada en sudor, nos dirigimos al cine. Lloramos cuando el resto de la sala se reía. Fue en ese instante cuando por primera vez tuve miedo. Me parecía justo el castigo recibido por lo narcisista que resultaba el hecho de enamorarse de un espejo.
Nos acostumbramos a medir el tiempo a través de polvos y canciones. Tardé poco en saber que lo que nos mantenía unidos era lo que nos iba a separar. Ella empezó a tomar ansiolíticos para poder dormir. Yo opté por el Prozac para hacerme un colchón blandito de serotonina, anticipándome a una caída que adiviné muy alta. ¿Cuántos años de mala suerte correspondían por romper un espejo? Espero que no le perdonen ni un día.
por Le petit maçon
Mi padre era ferroviario y murió en el interior de un vagón. El doctor que le auscultó por última vez aseguraba haber escuchado el traqueteo del tren cuando lo hizo. Hoy día se tiende a eliminar las juntas de dilatación entre carriles mediante el empleo de nuevo material y la soldadura de aquéllos. Evita la sensación de traqueteo. Mi padre tenía el alma de una vetusta estación de ferrocarril.
Eran las 4,52 de la madrugada y la embriaguez me arrastraba por los raíles de la vieja vía del tren. El after-hours al que me dirigía se ubica en una antigua curtiduría, a unos dos kilómetros de este pueblo de pulso exánime. Para llegar hasta él es preciso bordear el pantano y serpentear el bosque al compás de la vía. Hacerlo en la oscuridad me provoca una redentora vocación de complicidad con el abismo. El carril ferroviario se endereza espasmódico cuando saluda a la inmensidad de la llanura. A su margen izquierda se alza, sistemática, una zona industrial semiderruida, una gran dama desnuda que exhibe la amputación de algunas extremidades. El after se encuentra ahí, justo al lado de un centro de rehabilitación para yonquis. Para acceder a él todavía había de atravesar una fábrica abandonada de harinas. En sus paredes se acumulan graffitis y pintadas, la mayoría de veraneantes idiotizados por la furiosa calma del lugar. Pequeños documentos existenciales que desgarran mi imaginación hacia la intrahistoria de un testimonio. Me detuve, por inercia sensorial, en el más contundente de todos: “Flaca: te aplastaré como a una polilla”. A ello le sucedió una imagen borrosa.
Penetré en el local con la seguridad de estarlo haciendo en una gran vagina de luz parpadeante. La viola de John Cale es un cuchillo intoxicado que oscila a ritmo cardíaco. Anega la conciencia con delicadeza y embrujo. “Brillante, brillante, botas de cuero brillante/ La niña del látigo en la oscuridad/ Tu siervo viene con cascabeles colgando, no lo rechaces/ Golpéale querida señorita y cura su corazón…” El traqueteo que escuchaba el médico que auxilió a mi padre debía de parecerse a esta canción. Sólo cuatro chicas habitaban el local. Clavan sus pies narcotizados sobre la pista de baile, cierran los ojos y mantienen los brazos alzados sobre su cabeza. Una de ellas, la más joven, de aspecto polvoriento, dibujaba un sensual contoneo con sus brazos estirados y pegados al tronco. Cuando se posan, las mariposas colocan sus alas hacia arriba, sobre su tórax, las polillas (mariposas negras) las mantienen extendidas a los lados del cuerpo.
Sentí mi cuerpo cristalizar como un caramelo de sangre. Estaba a punto de hacerme añicos deshaciéndome en la garganta de aquel antro. Una aparatosa arcada se encargó de precipitar el suceso. Mientras bajaba apresuradamente por las escaleras que llevan a los retretes, una multitud de insectos nublaron el campo de visión. Pululaban esquizofrénicos sobre un fondo cetrino y anunciaban la más que probable pérdida de conciencia. Entre los seres vivos, una de las clases más numerosas es la de los insectos. Tres de cada cuatro animales son insectos. La música recorría el pentagrama de la asfixia. El tren aumentaba de velocidad. “Estoy cansado, estoy harto/ Podría dormir mil años/ Un millar de sueños que me despertarían/ Diferentes colores hechos de lágrimas…”
Percibí un aleteo suave y sofisticado a mi espalda. Temí darme la vuelta. Abrazado a la taza del wáter, en posición de genuflexión ante él, traté de tirar de la cadena. En realidad, este gesto tenía más que ver con mi ferviente deseo de deslizarme por las cañerías que con la pretensión de enjuague del inodoro. No conseguí el objetivo. Ella me sustituyó en la hazaña y a continuación colocó una mano sobre mi hombro. Pude leer el pánico en su tacto. En algunas ocasiones, las polillas acceden a habitaciones iluminadas atraídas por la luz artificial, esto les causa una grave desorientación y confusión, que seguramente asusta más a las mismas polillas que a las personas. Inspiré aire, expiré bilis. Me giré aterrado.
Era la más joven de las bailarinas disparando su lacrimógena belleza sobre mí. Impartí la extremaunción al rímel de sus ojos, navegué sobre él y permanecí varado en el púrpura de sus labios. El corazón pugnaba encarnizadamente por salir de la armadura vidriosa de mi arrinconada existencia e instalarse definitivamente en sus sueños de hada impúber. La frontera entre su hálito y el mío era entonces una delgada línea de golosina situada en los estertores de la razón. Nos besamos. Escribía sus besos con numerosas faltas de ortografía, o tal vez yo desconociera el idioma en que los novelaba. No recuerdo con exactitud su rostro, tan solo su fría presencia en el claroscuro del aseo. Tampoco su timbre de voz, únicamente el jadeo de su respiración contra mi vientre. Su extremada delgadez hablaba del dolor. Creo que estaba casada, noté su alianza resbalar por mi falo durante las primeras caricias. El silencio grabó el crepitar del placer cuando el sexo enhiesto acertó a estacionar en su boca. Mi torso desnudo tendió un puente hacia el cielo y vertí finalmente la espesura sobre su pelo de bruja.
Llegué a tiempo del paraíso onírico para eyacular la última gota de amargura en el infierno de la realidad. Por las ventanas de la fábrica abandonada de harinas se filtró un amanecer bastardo. Una polilla revoloteaba sobre mi pene y se posaba insistentemente en él. Recuperado tras la parálisis inicial, la aplasté agarrándome el pene semirrecto con ambas manos y presionando hasta oír el crujido. Restregué el pringue de mis dedos sobre la leyenda de la Flaca. Sentí la desolación de un cadáver en el campo de batalla. Escuché el tenue murmullo del tren, a lo lejos. Los trenes ya no se detienen en las estaciones de alma ruinosa.
por Sr. Fluzo
27 de enero de 2003
María
Me gustaba sentarme en aquel banco. Sobre todo en las mañanas de invierno que regalaban un sol impredecible. Pero me gustaba aún más que todos los días a las doce me preguntase la hora.
- “Disculpa… ¿Tienes hora?”
- “Las doce en punto.”
2 de febrero de 2003
Ángel
No sé qué sería de mí en aquellos días sin sol de invierno. El gran foco que la iluminaba en el pequeño teatro de su banco. Allí sentada podía leer en sus ojos “Aforo Incompleto”.
- “Disculpa… ¿Tienes hora?
- “Las doce en punto.”
6 de febrero de 2003
María
Siempre apurado. Su único equilibrio moraba aparentemente entre el desorden de sus papeles y el de su frondosa cabellera. Pero su torpeza resultaba decidida, dulce, hasta familiar.
- “Disculpa… ¿Tienes hora?”
- “Las doce en punto…”
20 de febrero de 2003
Ángel
No quería entrar. Quería quedarme fuera, con ella. Ojalá que cualquiera de esos días me hubieran echado, nada más cruzar la puerta.
- “Disculpa… ¿Tienes hora?”
- “Las doce en punto…”
3 de marzo de 2003
Ángel
Me di cuenta justo después de preguntárselo.
María
Todavía llevaba el reloj puesto. Olvidó sacárselo, como siempre, detrás de aquel árbol ubicado veinte pasos antes de mi banco, a las doce en punto.
- “Disculpa… ¿Tienes hora?”
Ángel
Nadie me había regalado nunca algo tan hermoso.
- “Las once y media…”
María
Lo nuestro no era el presente, así que viajamos al pasado…
3 de agosto de 2050
- “Entonces tu…”
- “Entonces me senté a tu lado.”
- “Y nunca he vuelto a mentirte…”
- “Prométeme que lo harás otra vez, cuando te encuentre de nuevo bajo el sol del invierno…”
por Le petit maçon
Pero ni siquiera boceto es la palabra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación de un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida es un boceto para nada, un borrador sin cuadro.
Milan Kundera
El juicio fue aterrador. El mismo Ionescu no hubiera concebido algo similar. El abogado de la defensa pretendió la absolución por aplicación de la eximente de anomalía síquica, pero la perspicacia empleada por mi hermano en sus contestaciones echó todo a perder. Recuerdo que cuando la acusación particular le preguntó directamente si se consideraba un loco, arguyó: “Si lo estuviera, mi opinión carecería de credibilidad, si no, comprenderá que mi respuesta estaría orientada hacia la auto-exculpación, por lo que tampoco sería veraz”. Lejos de doblar la cerviz ante el espejo de su propia atrocidad, mantuvo una actitud altiva y distante que llevó al tribunal que lo juzgaba a mostrarse poco misericorde con él. Supongo que entendieron que mi hermano era hombre, que nada de lo humano le era ajeno y que, para colmo de males, se jactaba de su pérfido proceder.
La primera vez que tuve la sospecha de que mi hermano encerraba algún tipo de desequilibrio psíquico fue en la fiesta de mi undécimo cumpleaños, cuando se subió a una gran mesa de madera de roble, hizo callar a todos los invitados, se bajó los pantalones y apagó las once velas con su orina mientras proclamaba a voz en grito que no quería que nadie más cumpliese años en aquella casa. La primera vez que tuve la certeza de que mi hermano había perdido los estribos fue el día en que sus extravagantes actos dejaron de tener una intención provocadora para ostentar principalmente una función profiláctica frente a su alambicado sufrimiento. En ese punto, era ya mucho más notable el hostigamiento que se causaba a sí mismo que el que, de modo reflejo, proyectaba sobre los que le rodeaban. Fue entonces cuando empecé a sentir lástima por él. Especialmente lacerante fue cuando llamó a casa para interesarse por la salud de nuestro padre, que había muerto de una enfermedad indescifrable cuatro años atrás. Lo que al principio creí que era una broma macabra acabó siendo un síntoma de enajenación selectiva.
Mi hermano nació en diciembre, el veintiuno, “de un buen polvo entre el otoño y el invierno”, como solía decir. Desde el principio, como las buenas películas, logró captar la atención de todos. Estaba dotado de esa extraña capacidad para transformar en dantesco lo mundano. Se podía atisbar en él la simiente del artista bizarro. Aunque no debieron de pensar lo mismo los curas que le expulsaron del colegio, los mismos que le habían encargado una campaña en contra de la legalización del aborto. Su pecado consistió en trasladar todos los trozos de entraña animal que pudo recolectar de las diversas carnicerías del barrio, extenderlos en el asfalto de una de las calles principales de la ciudad, pagar a varias putas para que se acostasen desnudas sobre ellos y, por fin, lanzar a los transeúntes las tripas viscosas chillando de forma agónica: “¡Ahí tienen a los fetos!, ¡Miren estos fetos!”
Pero mi hermano no aspiraba a caer en la casquivana desazón del genio malogrado. Tampoco en la ficticia autosatisfacción del burgués imprudente. Cierto es que sentía gran aversión por la contención como manifestación social de virtud. En realidad, no le preocupaba mucho forjar una identidad propia. Mi hermano no quería nada, tan solo un poco de certidumbre, aunque fuera instalada a golpe de martillo. Por eso se metió en aquella secta de pirados que idolatraban el vacío hasta elevarlo a divinidad.
Yo misma fui la que alerté a la policía. Recibí la llamada de mi hermano a medianoche. Su voz parecía haber sido secuestrada por la de un monstruo recién castrado. Destilaba quietud y ansiedad a partes iguales, nada de lo que decía tenía sentido. En apenas diez minutos me planté en su domicilio. Cuando abrí la puerta se desplomó de rodillas al suelo. Antes de perder la conciencia, me dijo algo inconexo sobre una partitura muda que acababa de componer. Un reguero de sangre partía del dormitorio principal, recorría el pasillo y llegaba a la cocina. Allí localicé el cuerpo inerte de la mujer. Estaba sentada y apoyada en el marco de la puerta de acceso al tendedero, con las piernas estiradas y la cabeza agachada, ligeramente caída hacia la izquierda. Había sido descarnada y sus vísceras aparecían esparcidas por toda la casa. En una de las paredes del comedor, de un blanco más roto que nunca, había restregado el corazón de la víctima, condensando con sangre en una única palabra el recorrido espiritual que había completado hasta topar con la barbarie como única posibilidad de desahogo existencial: “Tedio”.
Guardo la carta de despedida que me escribió desde el presidio en el cajón de la mesilla. Todas las noches la leo en busca de un poco de consuelo. He convertido sus palabras en una especie de liturgia y siempre acabo por pensar que cualquier intento de teorizar sobre algo tan peregrino como el nacimiento o la muerte de una persona es una expedición hacia la nada. El muy cabrón pretendió atrapar el absurdo y llevarlo al altar de su hartazgo. Y hasta me convenció de que tanto hay de narcisista en el hecho de procrear como de altruista en el de matar.
Sharin, hermana, hoy toca despedirse, me voy… hay un charco de silencio en el patio y nadie me espera para existir, ponte el vestido verde en el funeral... no olvides que bailar en la oscuridad es como follar con el viento…volverán aquellas tardes en el pantano, tan débiles en la memoria, tan intensas en mi interior… ya acabé la partitura, ha enmudecido para siempre, algún día repararemos en que el orden está compuesto por partículas de caos disfrazadas de cotidianidad, tantos vertidos de frustración sobre nosotros… No quieras detenerme, verás que es inútil, no sé por qué tengo que utilizar el diminutivo de Dios para sonreír… siempre que oigo el zumbido de las avispas te represento sentada en la butaca de mimbre, la voz de nuestra abuela enferma, en la penumbra, antes de morir, eso me hace morderme, la vida, que se acaba, sin más, escucho agazapado el crepitar de las sombras…tan digna, tan efímera, y tú, que no podías llorar, delgada como un electrón, carencia de masa por exceso de energía, acariciabas al gato, que se dormía, callabas, porque desde que te dijeron de qué estaba compuesto el océano ya no pudiste dormir tranquila… no dejes que ese yonqui te arrastre, la tristeza es un instrumento muy delicado, sus canciones suenan al mismo ritmo que su pelo de araña… estoy cansado y dolorido, hoy he pensado en moscas beatas cuando me masturbaba y me han pegado una paliza, el atrabiliario funcionario, ya sabes, pobre animal, le deseé un buen cáncer para él y toda su familia, creo que al cáncer también le pareció mal… no te amargues, siempre es mejor creer en el súbdito que en el déspota, la moral colectiva, ese edificio ruinoso, …acuérdate de las tardes en el pantano… Sharin…
Anoche tuve un sueño. Mi hermano se había convertido en aire y contagiaba su enfermedad a todo aquel que lo respirara. La gente se sumergía entonces en un proceso de diarrea emocional y se comportaba de forma excéntrica y compulsiva. Parecía un congreso de dadaístas drogados. Unos se retorcían, otros blasfemaban, algunos lloraban, los más corrían. Todos eran mi hermano. Sin razón aparente, fue un sueño placentero, colmado de liberación colectiva. El cadáver de la mujer que mató mi hermano se reía a carcajadas mientras yo trataba de explicarle el móvil de su asesinato, tal y como me lo transmitió el verdugo: convertirla en mártir de su tedio.
por El Salitre
- Funciona, es de esas cosas que dices: ¿cómo no se me ha ocurrido antes? Pero el hecho es que funciona, ¡te crece! Y cuatro centímetros son muchos centímetros, de verdad. Pero lo que aún crece más es tu satisfacción. Te vas a sentir mejor. Créeme, “Jes Extender” funciona.
- Te diré la verdad. Yo no tenía un problema. Es decir, que nunca nadie me dijo ¡qué pequeña! ni nada así. No tenía queja, es la verdad. Pero un día un compañero de trabajo me habló de “Jes Extender”, hice mis averiguaciones y me decidí. No necesitaba cirugía, ni acudir a una consulta, ni medicarme…Sencillamente podía tenerla más grande ¿ y a quién no le apetece tenerla más grande? Y chico, ni te imaginas… Aparte de que ahora estoy lo que se dice bien armado, mi vida sexual ha mejorado muchísimo. De verdad, si tienes un problema, no lo dudes, pero si no lo tienes, tampoco. “Jes Extender”.
- Si, creo que sí importa.
(Extraído de anuncio publicitario)
- Pero yo me refiero al John Malkovich de “Being John Malkovich”, no al de las últimas películas…
- Que no, que no me parece en absoluto atractivo. No vi la película esa que dices, pero lo recuerdo en “Las Amistades Peligrosas” y en otra en la que también salía Clint Eastwood, en la que creo que tu amigo quería matar al presidente de los Estados Unidos… Además, sí me gusta como actor, pero me resulta físicamente repulsivo. Tiene una mirada de depravado que asusta, no sé, una expresión muy sucia. Perdona, debo ir al aseo. ¿Me disculpas?
Mierda, lo ve como un depravado. Mal rollo. Con el tiempo había desarrollado una curiosa forma de predecir la fogosidad y sexualidad de una mujer en función de lo atractivo que le resultase John Malkovich. Al principio, cuando empecé a sospechar de la relación de causalidad entre ambos extremos, esperaba a haber mantenido un par de encuentros con mi nueva amante para preguntarle por la reacción de su libido frente al actor. Al ver que existía un vínculo sorprendentemente directo entre los dos parámetros, me decidí a utilizar este método para ahorrar tiempo en el juego de la seducción. Usaba su redondo y pelado cráneo a modo de bola de cristal para vislumbrar el futuro de mi polla a corto plazo. Me las ingeniaba para conseguir llevar la conversación con cualquier desconocida al terreno del intérprete pelón en menos de diez minutos. Y era ahí cuando emitía mi veredicto. Ellas no siempre lo tenían tan claro. Yo, por mi parte, no albergaba dudas.
Siempre lo había admirado. Por supuesto, desde la más absoluta heterosexualidad. Mentiría si dijese que quería ser actor por su culpa, ya que el único culpable de que intentase vivir del mundo de la interpretación era mi inabarcable ego y mi infinita ansia por seducir a todos y todas, pero él era el único actor al que realmente veneraba. No se puede afirmar que nuestras carreras artísticas discurriesen precisamente agarradas de la mano. Aunque se me podía ver en la televisión todos los días. Y en varios canales. Eso sí, a partir de las dos de la madrugada y anunciando un alargador de pene. Dudo de la eficacia del ridículo artefacto para transformar míseras pililas en poderosas vergas, de lo que no cabía duda era de su inmensa capacidad para que la sensación de miseria y autodesprecio creciese en mi interior cada vez que me veía en ese miserable anuncio. Mi único trabajo en la industria en los dos últimos años.
Joder, la zorra esta sale del baño corriendo hacia la puerta, seguro que ya se ha dado cuenta de la razón por la que le sonaba mi cara. Uno podrá cuestionar la carga erótica de Mr. Malkovich, pero lo que no admite discusión es el poder disuasorio que ejerce sobre cualquier fémina el hecho de anunciar crecepollas. Por lo menos se ha dejado el paquete casi entero de Marlboro.
El Hedor
A las nueve y veintiocho minutos abrí lo ojos. Con rudeza, aparté la colcha hacia los pies y posé uno de ellos, el izquierdo, sobre el gélido entarimado de la habitación. En esa lamentable postura quedé paralizado, hasta las nueve y treinta minutos, momento en el que sonó, extemporáneamente, el despertador. Mi mejor amigo del colegio, Miguel, murió electrocutado cuando, ayudándose de sus dientes, intentaba empalmar los cables de un reloj-despertador Aiwa, que previamente había impactado contra el parqué, sin haberse percatado de que aquéllos permanecían enchufados a la red. Y el muy engreído consiguió que todas las mañanas a partir de entonces tenga que sacudirme su imberbe rostro de encima antes que las legañas. Me duché concienzudamente, utilizando una esponja hipoalergénica empapada con jabón de glicerina y aloe vera, cuidando de que a ninguna zona de mi piel, por recóndita que fuese, le fuera negada la oportuna hidratación. Ralenticé el afeitado al máximo. Para ello ablandé la barba con una brocha Kent de cerda natural antes de deslizar con mesura la maquinilla por mis mejillas, logrando proporcionar elegancia a una actividad tan insustancial como rasurarse el pelo de la cara. Después de toda la operación, me sentí más limpio y más valiente. Ingerí treinta miligramos de Prisdal con el desayuno, por prescripción médica, por sugestión mía, y fue en ese preciso instante cuando osadía y frescura tornaron en tristeza y vaguedad, porque me acordé de la reacción de mi hermana pequeña, con su habitual socarronería, cuando le confesé, doce años atrás, que había comenzado un tratamiento: “¡Perfecto! Ahora mis coletas harán juego con tus antidepresivos nuevos”.
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Marta llama a La Flaca, ésta le pregunta si ya recuperó el móvil, el número, Marta dice que sí, le informa de que toma pastillas (Lexatin) para tranquilizarse, La Flaca le dice que es normal por todo lo que está pasando, que tendrá depresión, luego hablan de sus trabajos, Marta dice que si le contara realmente cómo se siente no se lo creería, que ni se lo imagina, La Flaca le insta a que se relaje, Marta dice que no está en condiciones de hablar con nadie, ni aún menos con el niñato ese que se está tirando desde hace un mes, que anoche le mandó un mensaje apocalíptico, el muy imbécil y es ya lo que le faltaba y le lee el mensaje:
Te juro x mi ermano dani k tu me la pagas todo el daño q me estas aciendo lo vas a pagar aunke me cueste la vida q ya veo q te importa poko no me pensaba q eras tan hija d puta cn todo mi dolor esto nose keda asi xq eres mala y si realmente me quieres putear hazmelo saber xa olvidarme d una vez x todas xo quiero tener una ultima cnversacion ahora ctigo xa comprobar el tipo de persona q eres xa saber si eres mala d verdad xq no me lo creo.
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Observé, mientras avanzaba hacia ninguna parte (al igual que el resto de transeúntes, en último término), cómo unas ancianas enfundadas en abrigos de lomo de visón aleccionaban a un vagabundo acerca del modo en que éste debía ganarse la vida. Irrumpí en la escena interpelando a aquellas mujeres si sabían de lo que hablaban cuando incitaban al indigente a “trabajar ” o, por el contrario, habían oído hablar de ello a los chulos de sus maridos, de los que probablemente seguirían viviendo tras dejarles éstos sus pingües patrimonios como herencia. El vagabundo me reprochó haberle privado de la limosna de las viejas con mi comentario, sin comprender que la mía pretendía devolverle intacta su maltrecha dignidad. Regresé a esa suerte de presidio emocional que me aterroriza, ése que consiste en no poder discernir si lo que intuyo que hay ahí fuera se corresponde con lo que siento aquí dentro. A estas alturas la realidad exterior se me antoja radicalmente hostil, y cuando me esfuerzo en interactuar con ella su percepción se convierte en un verdadero asco. Caminé durante un buen rato como un animal de asfalto, hasta topar con una tienda de discos. Ya en su interior, fijé mi atención sobre un varón de edad similar a la mía que preguntaba con malos modos por el Invisible Touch, de Genesis, agradeciendo internamente a aquel idiota anegado de aceite de porcino que hubiera evocado una divertida anécdota de mi infancia. La respuesta negativa del encargado a sus insistentes peticiones se convirtieron por un momento en bálsamo del odio irracional que siempre he sentido hacia Phil Collins y, por extensión, hacia sus fans. Elegí tres discos, intentando dotar de un aleatorio equilibrio cronológico a mi compra: The Inner Mystique de The Chocolate Watch Band, First and Last and Always de Sisters of Mercy y Dog Man Star de Suede, sin duda uno de esos álbumes que hacen del pop una corriente extrema. Al llegar el momento de pagar, el chico que se ocupaba de la caja quiso convertir en galantería lo que yo consideré un acto de patético nepotismo, por lo que me negué con rotundidad a que la chica rubia de grandes tetas que pretendía colarse delante de mí fuera atendida con prioridad. Por desgracia, el compañero de labores en caja intercedió por él con gestos amanerados y recriminó mi falta de caballerosidad, carencia de la que a todas luces él hacía alarde, si bien por motivos divergentes. Algunos gays se creen spónsor de la sensibilidad, miembros de una casta especial, El Pueblo Elegido. Sodomizar a un hombre es un acto inocuo, desde un punto de vista natural y ético. Yo no tengo la culpa de que mentes prehistóricas lo sigan considerando una atrocidad merecedora de retribución social. Así que me zafé de la situación provocada con un “déjeme en paz y váyase a tomar por culo”, ignorando si esto último lo interpretaría como un signo de buena educación que compensaría el exabrupto de la primera parte de la frase. Cuando salí de allí me entraron ganas de beber hasta perder la conciencia, por lo que me dirigí a un pub cercano llamado “El Hedor”, con la esperanza de que alguna mujer de exótico cerebro consiguiese mi desintegración entre el humo de su exhalación nicotínica.
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Marta dice que no tiene ganas de salir, y que para colmo de males su gata se ha vuelto a perder, La Flaca le contesta que cuente con ella para lo que quiera y dice que ya sabe lo que es estar sola en casa, que la comprende, Marta le dice que es imposible que la entienda, que nunca se ha tirado a su padre, pero le agradece el apoyo, La Flaca le pregunta si sabe algo de su familia y ella le responde que no tiene la menor idea de dónde mierda está su padre, del que espera no tener noticias en su vida, que se va a morir de miedo si alguna vez se lo vuelve a cruzar, Marta dice que está en el trabajo y que está aguardando a que Luisa se vaya para irse ella de la tienda, grita que se le va a salir el corazón por la boca, que se va a volver loca, que nadie le llama para preguntarle y que a nadie le interesa si vive o no, Marta dice que ayer estuvo todo el día llorando y que tiene ganas de salir del país y largarse y olvidarse de todo, La Flaca le dice que lo peor es que está metida en casa todo el tiempo cuando no está en el trabajo, Marta dice que llegará a su casa sobre las nueve, La Flaca le dice que le llamará más tarde para conversar y a ver si le apetece tomar una copa, que le va a venir bien desahogarse y finalmente quedan en verse en “El Hedor” sobre las diez.
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El espectro de mi amigo Miguel volvió a presentarse como siempre lo hace, a través del cauce sonoro del despertador. Me retorcí de dolor y aullé de forma imperceptible. Luego traté de recopilar la información no archivada de la noche anterior a causa de la intoxicación etílica, con sumo cuidado, tratando de no perturbar el recuerdo de la chica con la que, al parecer, había pasado las últimas horas antes de desfallecer. Marta se llamaba, eso es. Se jactaba de que se había acostado con su padre. Esa broma me resultó muy ocurrente y, para qué negarlo, apareciendo como algo escabroso, me produjo cierta morbosidad. Detuve el mare magnum de imágenes en la más triste de todas: la de mí mismo deambulando por la acera con Marta a mi vera sujetándome de la cintura para no caerme, mientras su rostro inalcanzable se confundía con el horizonte que marcan las avenidas. Me comporté como el eterno neófito delante de aquel ángel. Se repitió entonces el sentimiento suicida que inspira mi complejo de mártir de dibujos animados. Vomité por la ventana. Después me limité a contar las macetas que había en el patio de luces cochambroso al que da mi habitación, ése al que de vez en cuando me asomo para escupir la flema de la impotencia.
por El Salitre
Qué frío está el banco, la hostia… Mis pies no se acaban de decidir entre la ausencia de sensibilidad y el dolor intenso. Sí, ya sé que son sensaciones contradictorias, pero son mis pies, y te juro que duelen sin sentirlos. Dónde estarán ahora Gómez y Liaño, aquellos calcetines de lana verde que usaba de marionetas para hacerte reír cuando estabas en parvulitos. Mamá se descojonaba cada vez que me oía dividir al popular juez en dos y hacer que cada uno de sus apellidos adoptase la personalidad de un viejo calcetín. Liaño era el del agujero en el talón, de eso me acuerdo. Entonces reías todo el tiempo, especialmente cuando podía ir a buscarte a la salida de la guardería. Ahora también te estoy esperando, pero ya no espero tu sonrisa. No la quiero ver, no esa sonrisa a la que le faltan dientes y solo muestras para pedirme dinero.
El policía que está sentado leyendo el periódico dice que te están tomando declaración y no deberías tardar mucho en salir. Se parece a Phil Collins. Mierda, más recuerdos.
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9 de abril de 1994.
Salgo de la cama, me pongo una de mis camisas de cuadros del grosor de una manta y voy a desayunar. Mamá acaba de exprimir tres naranjas y me las bebo antes de darle los buenos días y de quitarle el periódico local. Pero qué coño… no, no puede ser. Me levanto y aparto a mamá con un pequeño empujón. El nudo en la garganta. Empiezo a llorar como no recordaba haberlo hecho desde que murió la abuela. Kurt Cobain apareció ayer muerto después de pegarse un tiro en la cabeza. “Grandísimo hijo de puta”, grito, sin parar de llorar. Sintonizo Radio3 mientras suena “Polly”. Tengo delante la ventana abierta y entra un viento muy frío, pero no la cierro. No puedo ponerle fin a mi arrebato de rabia adolescente y no encuentro mejor forma de descargar mi ira que lanzar una cinta de Phil Collins por la ventana. Aún hoy me pregunto por qué. El “But seriously” grabado en una cinta TDK verde de 60 minutos impacta contra un coche aparcado en doble fila. Me aprieto las sienes con fuerza, como si intentase expulsar la información recién leída y sigo gritando: “¡No es verdad! ¡No puede ser!”, sin preocuparme del lugar de impacto del puto cassette. Por culpa del viento frío y de las ventanas cerradas de los vecinos, el dueño del 205 negro que usé como diana no tiene dificultad para encontrar el origen del proyectil sonoro. Respondo a las exclamaciones de mamá y al acercarme la veo acompañada de un señor gordo de bigote que no había visto en mi vida. En su mano derecha porta unos trozos de plástico verde unidos por una cinta magnética. Me piden explicaciones y obtienen por respuesta únicamente mi rubor facial. No encuentro excusa que justifique la grotesca situación. Eso sí, la furia ha desaparecido completamente para transformarse en puro bochorno. Y no sé de dónde apareciste, pero de repente estabas a mi lado para hacer que la culpa quedara eclipsada por la inocencia de un pequeño angelito con coletas.
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- Hola… Oye, lo siento… Gracias por…
- Vale
- ¿Qué tal?
- Mal
- ¿Por qué?
- Los pies. Me duelen. O no los siento. No sé…
- Sólo los pies, qué suerte…
- Vámonos
- Vale, pero no te enfades
- Pues deja de sonreír
- Vale… ¡Hostia, Phil Collins!
(Delirio de un mortal)
por Le Petit Maçon
Terminal intervenido: 616347359. Transcripción.
Día 13 de noviembre, martes. Hora de llamada: a las 21,34.
- ¿Maestro?
- Qué pasa, marinero, cómo va…
- (Inaudible)
- (Inaudible)
- Qué te iba a decir…el sábado “llega la novia”, sobre las 4:30 de la madrugada, hora de ahí…
- Serás cabronazo, te dije que la necesitaba para el jueves… “La familia la espera”…
- Lo sé, joder, pero ya te dije que “la tía estaba enferma” y no pudimos arrancar hasta hoy por la mañana…
- Que te den…todo mentira…eres un hijo de la gran puta…Por mis huevos que si el sábado no llega me hago un traje con tus intestinos…
- Venga ya, hermano, no me jodas…¿Te ocuparás tú solo?
- No, estará una amiga.
- Ya. Esa tía no te conviene, te lo he dicho…La última vez casi la cagamos por su puta culpa…Te la jugará, algún día, hazme caso…
- (Inaudible)
- (Inaudible)
- No te pases ni un pelo
- Como quieras…
- Que te den.
(Se corta la comunicación)
Hora de finalización: a las 21,37.
Me voy a morir. Algún día me moriré. Puede ser hoy, mañana o dentro de cuarenta años. Pero lo cierto es que me voy a morir, de eso no hay duda alguna. Como le pasó a mi abuela, a mi amigo Ramón y a aquel señor impregnado de eternidad que se paseaba por delante de mi casa cuando era pequeño. Aunque me haya bebido el sol de esta mañana, aunque busque los ojos de Xiomara en la oscuridad y juegue a tatuarlos sobre la piel del océano, me moriré igualmente. Xiomara está aquí, sobre la arena de la misma playa, bajo la misma luna. No parece ser consciente de que ya ha aflorado la fecha de caducidad en mi rostro. Y a ella le sucederá lo mismo, algún día será “la difunta”. No había reparado en ello, hasta ahora. Pero a mí siempre me parecerá más dramática mi propia muerte. Yo no tengo la culpa de eso. Cómo decirle que la quiero sin parecer un perturbado. Le diré que soy una roca en su penumbra y ella es una penumbra en mi roca. La sinceridad está reñida con la ternura. Es lo mismo, me moriré de todos modos. No me lo acabo de creer, es más sencillo ingerir una buena farsa. Estaré enfermo. O deprimido, quizás. Tengo mucho miedo. Joder, estoy temblando. El miedo es un estado sicológico resultado de un proceso químico. No es cierto. Realmente puede que sea un fenómeno químico consecuencia de un estado sicológico. Da igual. Contrataría de sicario a la locura para matar este miedo. Me calmaré, la aflicción se pierde en el horizonte cuando la razón se concentra en el placer. Hedonismo de supervivencia. Me estoy ahogando. Huele a pino, salitre y terror. La asfixia de la certeza. La mejor definición de alguien siempre tiene que ser referida a una guerra civil, por congruencia con el estado universal del alma. Y a mí me han condenado a luchar en el bando contrario. Soy un masoquista, o un sádico, no lo sé: al fin y al cabo sujeto y objeto de la flagelación se confunden. En el fondo asumo que merece la pena volcarse en la amargura del intelecto para bordar ensoñaciones en la pútrida calma. Xiomara lo sabe. Pero yo no sé si eso le atrae o le repele. A mí me repugna, me da ganas de atragantarme con mi propio vómito. El caso es que mañana sentiré el mismo vértigo, el que siempre vuelve, el que forma parte de mí desde la madrugada en que decidí poner rumbo al silencio que hospeda a su hermosa profecía. La de sus ojos tatuados en la piel del océano. Quedan todavía dos horas, todavía no se ve nada. Xiomara se ha despertado. Me ha sonreído. Le devuelvo la sonrisa. Le encanta representar esa frase en el teatro de la existencia, la que dice que “la risa es la distancia más corta entre dos personas”. Un alivio fugaz. Vuelvo a pensar que me voy a morir. Puede ser hoy, mañana o dentro de cuarenta años. Pero lo cierto es que me voy a morir, de eso no hay duda alguna. Y no alcanzo a comprender la razón última de todo esto.
Dos disparos: bang, bang. Una mancha de sangre en el descolorido anuncio publicitario de Cinzano y un fiambre sobre la arena. Los polvillos mágicos siempre provocan que alguien desaparezca. Un ajuste de cuentas, quizás. O tal vez una simple discusión. Al inspector-jefe se la trae floja. Él se lo buscó, pensará. No pondrá mucho empeño en la investigación, lo sé. Lo importante es localizar los fardos. De la que no sabemos nada es de la chica que estaba con él. Ni siquiera si fue ella quién se la jugó o fueron los que venían a bordo de la motora los que le dieron matarile. Ya aparecerá, las putas siempre retornan a la misma esquina. No le convenía, en mi opinión. Ese chico no quería sólo el dinero por el dinero. Con todas las conversaciones enlatadas en un Nokia que una persona mantiene a lo largo de cinco meses eres capaz de cocinar un buen perfil psicológico. Era un soñador, nada que ver con esta gentuza. Un infeliz: traficante de profesión, poeta de vocación. Desde luego, corría riesgos. No muchos más que el común de los mortales, la verdad. Ocurre que él despreciaba con contumacia el componente del azar. Y la suerte, muchacho, esta vez te la ha jugado. O puede que haya sido ella, la muy zorra…
Amoribundo
Desperté. Sobresaltado. Como si me hubiesen activado el “modo vibrador”. Un temblor fino y generalizado. Probablemente imperceptible para el espectador. Yo sentía que todas mis células luchaban por escapar de mi cuerpo. No las culpo. Me ardía la garganta. Dos paquetes de tabaco que no me sirvieron de nada. Nadie entendió mis señales de humo. Pongo música y pienso en Sharin, como todas las mañanas en las que no encuentro la calma.
Conocí a Sharin cuando llegó hace 3 meses de Dinamarca, con sus 26 años y un extendido cáncer de ovario como equipaje. El fino cabello de ángel, la lucidez en su mirada azul, la perfección de un cuerpo que el tumor no lograba todavía perturbar… y un ex-novio heroinómano que era el motivo de su vuelta a España. Lo había conocido 4 años antes, cuando decidió regresar a acabar aquí sus estudios. Primero se enamoró de sus canciones y después de un cuerpo donde lo que más abultaba era su mugrienta cabellera. La primera vez que lo vio le pareció un esqueleto coronado por un nido de cuervos. Durante unos meses lo acompañó en sus conciertos y en su deambular por chabolas y callejones. Meses de los que colgaban ojeras y canciones que, según decía, hablaban de ellos. Hasta que comprobó que jamás dejaría el caballo por ella y se marchó a Copenhague a intentar olvidar. Jamás lo consiguió, pero reunió fuerzas para evitar la tentación de arrastrarse otra vez. Hasta que la desdicha le llegó en forma de una enfermedad para la que la medicina de este mundo no tenía cura. Distintos médicos, mismas opiniones. Bien, si no había motivo para la esperanza, para qué perder más tiempo. Así fue como una mañana, más larga y gris de lo normal, apareció por la consulta. Casi tanto como su belleza, me sorprendió su entereza y sinceridad cuando narró su historia en un castellano de “Erasmus”. Me explicó por qué se había venido a morir aquí y me dijo que no debía preocuparme por su tratamiento principal, ya que sería la heroína que ellos se encargarían de conseguir, pero que aprovecharía su condición de enferma para obtener morfina y ansiolíticos. No, no la había probado antes. Estaba de acuerdo con el entrañable abuelo de aquella película que decía que la heroína no era para los jóvenes. Lo que sucedía es que a ella la vida le había convertido en vieja sin llegar a cumplir 30 años. Tardé tan solo dos consultas en saber que solamente la muerte podría hacer que la olvidase. Me refiero a la mía, naturalmente. Lamentable y ridículo, me imaginaba cómo sería compartir con ella sus adicciones. Ser yo el que vagase a su lado de camello en camello buscando alivio. Pero si la suciedad y decrepitud en sus cuerpos recordaba al decadente encanto del casco viejo de una ciudad después de la lluvia, en mí sólo evocaría el hedor de un basurero. Lo más curioso es que sin darme cuenta habíamos intercambiado los papeles. Después de unas cuantas semanas me había transformado en paciente que esperaba su visita sabiendo que verla sería lo único que me haría sentir bien durante unos minutos. Dolor y angustia que se evadía durante unos minutos cuando ella “me atendía”. Procuraba citarla siempre a última hora, para poder mirarla y escucharla todo el tiempo que ella estuviese dispuesta a perder conmigo. El resto, sólo sufrimiento. Ella estaba viviendo y muriendo en los brazos de aquel indeseable.
Era viernes y no la esperaba. Dos días antes había venido a buscar medicinas. Cosas de la vida, mejor dicho, cosas de la muerte, el “cantautriste” se había pasado con un pico y le había ganado en la carrera al hoyo. Sharin me dijo que había decidido contentar a su madre y volver a Dinamarca, siempre que le buscasen un camello y le permitiesen seguir con el tratamiento que ella había elegido. Se levantó, me besó en la mejilla y dijo “gracias, hasta la vista…”
Y ahora, el retrasado mental en que me he convertido se empeña en escuchar las canciones del difunto como macabro ejercicio de masoquismo. ¿Los gusanos también se creen que escribiste “Amoribundo” pensando en ellos?
Pincha abajo para escuchar Amoribundo, del Sr. Fluzo